Crónica de un amanecer violento
El primer incendio fue a las 7 de la mañana, en Castelar. El segundo, a las 8, en Merlo. Se vivieron escenas de pánico y nerviosismo.
“Podría haber sido un mega Cromañón”, dijo Oscar Lugones, sentado en un banco de hormigón de la estación Castelar, con mucha prisa pero sin rumbo: todavía no sabía cómo hacer para llegar a tiempo a su trabajo en Palermo. “Parecía un campo de batalla”.
Así definió al caos Alejo Bardi, otro pasajero que tampoco pudo cumplir con sus obligaciones debido al fuego y a los desmanes que ayer se adueñaron de las estaciones de Castelar y Merlo. Durante toda la jornada, no hubo usuario que no criticara el proyecto oficial del tren bala.
“Que primero arreglen el Sarmiento y después que deliren con lo que quieran”, fue el pedido unánime de los indignados pasajeros.
Ellos dos, como los miles de pasajeros que estaban arriba del tren, tuvieron una mañana para el olvido. Pero sobre todo sintieron miedo.
A las siete y media, un chispazo en el primer vagón de un tren que marchaba hacia Once hizo que la formación se detuviera en Castelar.
Después hubo un fogonazo. La gente comenzó a impacientarse. Como las puertas estaban enclavadas no se abrieron y eso disparó el pánico entre los pasajeros, que no podían ni siquiera moverse, ya que a esa hora se viaja, dicen los usuarios, “nariz con nariz”.
“En cinco minutos los vagones estaban llenos de humo y la gente se desesperó. Me colgué del pasamanos y no paraba de darles patadas a las puertas y ventanas, pero no se abrían. Una mujer embarazada se desmayó y los nenes estaban a los gritos”, explicó Lugones.
La gente comenzó a saltar por las ventanas y, como en una procesión nerviosa, caminó por las vías hasta los andenes, donde todo se complicó.
Los pasajeros, indignados, comenzaron a tirar piedras a los talleres y luego a las boleterías.
Después del estallido, y cuando los tumultos continuaban, llegaron grupos marginales, con otra intención: saqueadas las boleterías y se robaron la recaudación de las máquinas expendedoras de boletos.
Dos autos de empleados de TBA fueron tumbados y una motocicleta fue destrozada. También se llevaron estereos y huirtaron en comercios vecinos. La Policía Bonaerense y la Gendarmería debieron movilizar efectivos para contener la furia de los usuarios y todo se complicó.
“Esto fue planeado -especula Pablo Gómez, un estudiante que tampoco llegó a ningún lado-, fue armado por grupos infiltrados, aunque también hubo gente que tenía mucha bronca por lo mal que
andan los trenes. Fue una mezcla de oportunismo político y furia contenida. Tiraron sillas y boleterías a las vías, el humo no dejaba ver nada. Llevo seis horas esperando poder ir a mi trabajo. Encima todas las líneas de colectivos están saturadas. Fue un caos”.
Por los altoparlantes de la estación Castelar una voz anunció que en Once la empresa les devolvería a los usuarios la plata del pasaje y el día de trabajo perdido: “La violencia la generan ellos mintiendo”, explicó Pedro Ronconi, albañil.
Pocos minutos después, en Merlo se desataban las acciones contra otra formación. En simultáneo, siete vagones de otro tren, más moderno, se prendían fuego hasta la destrucción total y la voz de protesta corría entre organizaciones de izquierda que llegaban hasta las estaciones para protestar.
Los daminificados se multiplicaban por todas partes y el oeste era un caos. Una paradoja: los usuarios perjudicados por la cancelación del servicio que brinda TBA debían tomar colectivos que también gestiona el grupo Plaza, de los hermanos Cirigliano.
“Ayer le trasplantaron las córneas a mi hija. Está internada en el Garrahan. Mi mujer está en el hospital y yo tenía que llevarle ropa y comida. Estoy muy angustiado. Viajaba en el vagón que tuvo el desperfecto, la gente estaba desesperada porque nadie de la empresa se acercó a darnos una mano”, se lamentó Raulino Oscar y pidió disculpas para seguir intentando llegar a destino.
Siete detenidos por los desmanes.
Al cierre de esta edición, había siete detenidos en las comisarías 3ª y 7ª de Castelar. Estaban incomunicados. Uno de ellos era menor de edad y sería liberado en las próximas horas, una vez que sus padres lo fueran a buscar. Trascendió que las comisarías colapsaron y no pudieron recibir denuncias de mucha gente ajena al tema del tren. Manifestantes del PO atacaron una de las dependencias y exigieron la liberación de los detenidos.
Mientras el Gobierno se enreda en la teoría del complot evita ver lo simple: el público quemó el vagón. Gente que dijo basta
Ahora empiezan las teorías: opinan los sociólogos, los especialistas en transporte, los técnicos, los políticos del Gobierno y la oposición, los interpretadores. Este diario no es la excepción a esa regla que intenta encontrar alguna definición que tranquilice. Esta mañana incendiaron un tren en Castelar.
Tiene que haber una explicación: fue el terrorismo, fue el Partido Obrero, fue Quebracho, fue la CIA, fue Bin Laden. A menos que decidamos acostumbrarnos a que alguien, cada tanto, incendie los vagones y el hecho deje de ser noticia. Así es en Francia con los automóviles incendiados en los barrios tercermundistas de los alrededores de París. Cada año los franceses asisten, impávidos, al incendio de unos 300 coches. Pero el tema recién llegó a los diarios hace dos, cuando incendiaron mas de mil.
Mientras el Gobierno se enreda en la teoría del complot evita ver lo simple: fue el público quien quemó el vagón. Fueron los pasajeros quienes tiraron piedras contra la estación, quienes forzaron la salida de los vagones frente a un cortocircuito que terminó en una creciente nube de humo.
¿Por qué lo hicieron? -se persignan los funcionarios.
¿Buscan la Patria Socialista? ¿Creen que toda propiedad es robo? ¿Quieren desestabilizar a Cristina? ¿Están contra el tren bala? Es mucho más simple: quieren viajar como personas. Y, ya que estamos, quieren vivir como personas, y trabajar como personas. Viajan un día, y otro, y otro, y otro más como sardinas en una lata aplastada, expuestos a los carteristas y a las tocadas de culo, con el frío que te hace un tajo en la cara al lado de la ventana y el convoy que se atrasa, que queda detenido en medio de la nada, sin nadie que explique alguna cosa, sentados en el incómodo sillón de un tren de mierda. Viajan un día, y otro, y otro, y otro más sin saber nunca a qué hora llegan, ni a qué hora salen, ni si llegarán o podrán salir.
Viajan en trenes que, estatales, perdían un millón de dólares por día y que ahora, privados, pierden un millón de dólares por día (del Estado). TBA, la propietaria del tren que ardió en llamas, recibirá 140 millones de pesos este año en concepto de subsidio. Los que quemaron el tren son los que pierden todos los días para que
otros ganen. Después llegaron los activistas y después los chorros. Cómo no iban a llegar si era esa tierra de nadie. La policía, como siempre, llegó al final. ¿Quién quemó, entonces, el tren en Castelar? Gente que dijo basta.
Personas cuya paciencia está por colmar el vaso: usuarios estafados, pibes que iban al colegio o a la facultad o al laburo, desocupados a la pesca, vecinos, gente cansada de que le falten el respeto.